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lunes, 10 de diciembre de 2018

Segunda Identidad por Urbano Pérez

¿Y por qué lleva usted esa máscara?Para que me puedan reconocer,... Sin ella, sólo soy yo mismo entre muros infranqueables.El garaje hermético. Moebius.
Desde Identidades, título de uno de sus trabajos recientes, viene advirtiéndose en la producción de Juan Gila un giro progresivo hacia el dominio de lo íntimo. Si en la serie de esculturas que componían Arquitectónica (2.001) se abordaban los nexos de tipo estructural existentes entre el cuerpo humano y una serie de elementos, en buena medida ornamentales, provenientes de la arquitectura, en Segunda identidad se nos va a conducir, de manera directa, hacia lugares situados de puertas para adentro.En ninguno de los seis montajes de que consta la exposición se hace referencia a los enclaves en los que se encuentran instaladas las figuras humanas; son éstas, paradójicamente, las que ofrecen información al respecto de su situación. A pesar de su heterogeneidad, en lo que concierne al aspecto físico, la edad, el sexo y el color, existe entre ellas una semejanza notable en el gesto. Se trata de un ademán, a la vez contemplativo y meditativo, que, aparte de conferir unidad al conjunto, genera una impresión de retiro y de ensimismamiento.Una de estas figuras sostiene en las manos varias fotografías. Es una mujer de mediana edad. En las imágenes advierte cambios que le impiden reconocerse con facilidad. Sobre su rostro, en el retrato, el autor ha colocado de manera intencionada una máscara de barro, símbolo y expresión, en última instancia, del sentimiento de extrañeza que ésta experimenta.No es éste el único montaje de la exposición en el que la propia obra escultórica se sitúa de frente a su imagen modificada, ya sea de modo manual o digital. Lo que Gila quiere expresar, entre otras cosas, con este recurso es que a menudo, en el ejercicio de búsqueda de la identidad, una secuencia clave del pasado cobra entidad, revelando el efecto del paso del tiempo sobre las cosas. Ese instante, en el que el sujeto adquiere conciencia de sí mismo, se halla contenido, para deleite de todos, en Segunda identidad.Si tuviera que definir, en pocas palabras, qué es para mí un artista verdadero, diría lo siguiente:“es el que trata, por encima de todo, de llegar a saber quién es; el que bajo ningún concepto renunciaría a sí mismo.”
Urbano Pérez

viernes, 14 de septiembre de 2018

EL PENSAMIENTO ESCULTÓRICO DE JUAN GILA . Texto de Fernando Castro Flórez

EL PENSAMIENTO ESCULTÓRICO DE JUAN GILA
Fernando Castro Flórez

En alguna ocasión ha señalado Blanchot que la representación esquemática del hombre en las cuevas prehistóricas podría ser interpretada no como un elemento de la composición sino precisamente como la marca que da cuenta del autor del resto de las figuras: una firma, por tanto, más que una imagen. El hombre trataría de asegurar su responsabilidad para con su creación por medio de su propia esquematización. La escultura podría cumplir, en ciertos casos, una función derivadade aquella testificación. No me refiero a algo tan evidente como que los ritos de la fertilidad, las formas de lo femenino o lo sacro en general se rigen por una estructuración espacial y objetual que han llegado hasta nosotros como restos de una disposición estética arcaica. Más bien pretendo proponer una lectura de la estatuaria que tiene por motivo a la figura humana y más en concreto e busto como una sedimentación del proceso histórico. La petrificación de la acción´esa inmovilización que tiene tanto de crueldad cuanto de homenaje es el resultado de una construcción específica de la verdad. La escultura homenajea un semblante, conmemora una grandeza que quiere hacerse visibley que, en cualquier caso, presupone un vago reconocimiento. Esa práctica artística atraviesa nuestra cultura como algo que va perdiendo, en su expansión, dignidad estética.La fidelidad al original, la capacidad para transmitir el alma en las formas esculpidas, ceden ante una sospecha de servtidumbre, la certeza de que ese campo se ha convertido en espacio de los dobles, el simulacro, la copia, la construción artesanal del yo decorativo.


El siglo XX fragmentó y arrasó, entre otras cosas, ese sueño de la identidad subsistente; la impostación escultórica sufrió, como el marco de la pintura, la ortodoxia de la perspectiva o la armonía musical, un desbordamiento sin precedentes. Por ello, cuando Juan Gila se atreve a esculpir unos bustos y, además, a hacerlo con un virtusismo técnico manifiesto, está incurriendo, conscientemente, en un anacronismo.Su intespectividad conduce tanto a aquel construir arcaico en el que la imagen tiene algo de autosuficiente, cuanto a la modernidad de la estética de Giacometti que da cuerpo a sus obsesiones repensando el sentido de la escultura. Las cabezas de Gila no conmemoran ninguna vanidad, más bien dan por cerrada esa vía. Esas cabezas calvas, deformes, esos rostros marcados con defectos físicos parecen hablar de nuestra situación: son esculturas con un contenido existencial soterrado. La ruptura de la armonia, la deformidad podrían remitir a una violencia exterior pero creo que, en el fondo, se refieren a una pugna inconfensable que acontecen en el interior. El pensamiento febril de esos seres tortura su rostro, nos ofrece un espejo de nuestros desasosiegos ante lo que reconocemos como siniestro y, sin embargo, próximo. La ausencia de pelo impide al lirismo de la cabellera, ese elemento que la escultura romántica moduló hasta convertirlo en oleaje . Esa cabezas calvas son de seres nihilistas, casi beckettiano. Su mundo es , como el del autor de Esperando a Godot, el del estupor y la soledad, en sus ojos rígidos se congelan también nuestra mirada. Es probable que sean ciegos y, sin embargo, miran las cenizas del presente con un gesto disonante que es moderno y al mismo tiempo prehistórico: anteriores a la soberbia y la certificación de la identidad.